Nombre del personaje:
Zeus Dinian Kirgyakos
Raza: Mago
Edad: 359 - 24
Historia:
Un llanto agudo cual sirena estridente rasgó el aire haciendo temblar ligeramente los cristales de la estancia, el sonido resonó durante unos segundos más entre las paredes completamente blancas y pulcras acabando por extinguirse por completo.
Una mujer enfundada en una bata blanca y unos guantes y mascarilla del mismo color aguantaba a un bebé empapado en sangre que aún emitía algún que otro sonido de llanto entre sus brazos, sin embargo minutos más tarde y algo más limpio dejó de llorar cuando notó la calidez de los brazos de su madre, el sonido de su corazón acolchado y el sabor de la leche en sus diminutas papilas gustativas.
La mujer morena y con aspecto sudoroso miró a su bebe con evidente orgullo y se quedó así, observándolo, mientras susurraba al oído de su primer niño, él que días más adelante decidirían su nombre, Zeus Dinian.
“Mi niño perfecto”
Aquellas palabras no fueron para menos, Zeus resultó ser exactamente lo que se esperaba, aquello por lo cual había venido al mundo y bajo la idea que se la educó durante el resto de su vida, ser el hijo perfecto, el deseado por cada padre del mundo.
El pequeño moreno de tez blanca era uno más de los miembros de la familia Rotted, conocida por su herencia de sangre limpia y su conocido padre Sebastian, trabajador del ministerio en uno de los altos cargos.
Quisieron las casualidades de la vida que Zeus naciera con un coeficiente intelectual mayor al de cualquiera de los niños que le rodearan, su padre aún así no dejo la mano más suelta, al revés, comenzó a entrenar a su hijo en todos los aspectos de manera agresiva, golpes, gritos e insultos fueron la rutina de Zeus durante años.
El niño se encogía intentando evitar las reprimendas de su padre por haber fallado un ejercicio, no iba al colegio, tenía un profesor particular que le daba lecciones adecuadas para su inteligencia, y su padre miraba, observaba, escrutaba a su niño, el que en un futuro llevaría su apellido ante el mundo exterior, debía de ser perfecto.
Un bofetón rasgo el aire hasta estamparse en una de las mejillas del mago de tan solo 7 años, pero él no se quejó, no digo nada, siguió con los ejercicios con la mandíbula tensa y un brillo de decisión en la mirada. Años más tarde Zeus jamás fallaría en algo, jamás, no era su forma de ser, no era capaz de perder, él era el primero y el mejor en todo, siempre; y si no aquel que le hiciera competencia debía de desaparecer.
Era una noche fría, podría decirse que congelada, no se podía salir al exterior sin algo que no fuera más grueso que un abrigo de lana y unas cuantas bufandas más; la ciudad de Londres vivía uno de sus inviernos más duros, Los vagabundos buscaban con desesperación por las calles algún lugar que les reguarneciese y les salvará de una muerte segura por congelación.
Un viento gélido se colaba entre los edificios entre la oscuridad de una noche que se avecinaba más fría aun que las de la semana anterior, las luces de los hogares estaban en su mayoría apagadas pero alguna que otra sobrevivía resplandeciente aún a las 4 de la mañana de aquel 13 de Noviembre.
Entre ellas una parpadeaba incansable en un edificio que más que una casa parecía un pequeño castillo.
En su interior un grito resonó en el aire cortando el ambiente tenso, Sebastian Rotted rojo de la irá agarró a su hijo de 11 años del brazo apretando con fuerza. “-Tu harás lo que se te diga.”
El odio brillaba en los ojos de Zeus que se intentaba zafar del agarre, pero no podía, le dolía enormemente la pierna izquierda y por los pinchazos insistentes dedujo que estaba rota, no la podía mover, la patada de su padre había sido certera y suficiente para quebrar el hueso. Sin embargo el niño reclamo su libertad de elección como siempre lo había hecho. “-Yo quiero casarme con quien quiera, no con una niña estúpida”
Fue la gota que colmó el vaso para Sebastian, a él nadie jamás le llevaba la contraria, y mientras su mujer observaba horrorizada sin atreverse siquiera a hablar, el padre de la familia comenzó a golpear a su hijo con todas sus fuerzas, ¿la varita? No, los hechizos quedaban registrados y el tenía una reputación que proteger, pero, ¿Quién iba a ver los moratones en el cuerpo de su hijo? Meses antes le había empezado a preocupar las capacidades de Zeus, quizá se había pasado, quizá debía de atarlo bien fuerte y no soltarlo, la idea le había venido con rapidez, un matrimonio previamente convencionado con alguna familia de importancia sería lo perfecto, los Belikov aparecieron ante el como un deseado espejismo, y que agradable sensación de poder cuando la madre de la niña accedió encantada. Pero ahora el prepotente de su hijo se negaba… Tenía que recibir un escarmiento.
Zeus no lloraba, el jamás lo había hecho, pero notaba el dolor agonizante recorriendo su cuerpo, se mordió con tanta fuerza el labio para no gritar que se sacó sangre a si mismo, de todas formas daba igual, la sangre brillante y roja que caía desde su nariz rota ya rozaba su boca. El odio, la tensión interior, la impotencia y la rabia llenaron al joven mago y algo extraño ocurrió.
Dos días más tarde Zeus y Anthea bajaban la cabeza en el funeral de Sebastian Rotted, sin embargo, el pequeño sonreía de medio lado escondiendo el rostro, y su madre lo miraba de reojo, en silencio, reprimiendo un escalofrío de horror y desesperación. Anthea, la dulce Anthea que aquel mismo año cedió ante su hijo como una simple ama de casa, a pesar de otorgarle su apellido a su hijo no lo quería ni ver, y la verdad fue un alivio cuando la carta esperada del colegio llegó a la elegante mansión.
Zeus fue aceptado en la torre de Hechicería con apenas diez años, un genio dijeron muchos de sus maestros, para el resto era un verdadero monstruo que debía ser destruido. Cabe decir que lo intentaron muchas veces, pero todas fallaron y la torre cayó piedra a piedra, gota a gota... no sobrevivió nadie a las últimas horas de mortalidad de Zeus.
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